‘Fairlengehender-Payments’
Me cuenta un amigo que la
empresa en la que trabaja
ha anunciado beneficios.
Sin embargo, hace
unas semanas, me explicaba
cómo la misma empresa había echado
a la calle a unos cuantos de sus compañeros
y reducido el sueldo de los que aún
siguen allí. Mi amigo se halla estupefacto
e irritado, y se siente alterado, molesto, inquieto
y nervioso. Presenta un curioso tic
que le hace alzar el dedo corazón de una
mano y es probable que también sufra algún
tipo de prurito en la zona genital que
le lleva a agarrarse simultáneamente los
testículos con la otra mano. He intentado
hacerle entrar en razón. No debe haberse
informado bien. Quizá no se ha enterado
de que vivimos una crisis global, que afecta
a todos y cada uno de nosotros. Individuos
físicos y jurídicos. No sólo a los currantes,
sino también a las empresas y corporaciones
que, sin duda, han renunciado
a sus beneficios habituales. Es más, no sólo
han renunciado a dichos beneficios, sino
que la mayoría de sus directivos han
dejado de cobrar bonificaciones, comisiones,
incentivos, pluses, bonus o como le
llamen (propongo un nombre inventado:
Fairlengehender-Payments).
Han agotado todos los planes necesarios
de reducción de gastos, eliminado todo
lo superfluo, constreñido el margen de
beneficio hasta el mínimo. Han aplicado
en el engranaje preciso de la estructura
empresarial los fondos de ayuda gubernamental,
en caso de recibirlos. En definitiva,
han hecho lo indecible hasta que la
inaguantable situación coyuntural les ha
llevado a un callejón sin salida. Y la obligación
les ha arrastrado amargamente a
la decisión final de tener que llevar a cabo
esos despidos que me comentabas. Infórmate
correctamente, querido amigo. Porque
NO puede ser de otra manera.
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Corrigeme si me equivoco por Berto Romero 26/01/09
Quiero que
me la arreglen
Cuando compré mi licuadora,
en el año 2003, tuve que soportar
muchos comentarios
de este tipo: “La vas a usar
dos días y luego la pondrás a
criar polvo en una estantería”.
Entonces no lo sabía, pero me he dado
cuenta de que las licuadoras suelen
soportar este estigma. Son consideradas
electrodomésticos superfluos, objetos
caprichosos.
Quizá espoleado por ello, o quizá porque
soy hombre de licuadora, la he usado
con relativa periodicidad durante todos
estos años. Y mi licuadora ha funcionado
bien. Ha respondido de una forma
inusual para ser un electrodoméstico
moderno.
Cuando yo era un chaval los electrodomésticos
y los objetos en general, fueran
caprichosos o no, solían llevarse a
reparar cuando se estropeaban. Progresivamente,
fueron sustituidos por una
nueva generación de objetos, esta vez
con fecha de caducidad. Provistos de
una suerte de temporizador interno que
no les dejaba funcionar más allá de los
cinco años, como máximo.
Así las cosas, los técnicos en reparaciones
fueron sustituidos por vendedores
armados con la frase “le va a salir a
usted más a cuenta comprarse uno nuevo”.
Y lo mismo ocurrió con los empleos,
las relaciones afectivas y, en general, con
todo.
Hoy por la mañana he ido a hacerme
un zumo y mi licuadora se ha atascado.
Y resulta que se me ha metido en
la cabeza que no quiero comprarme una
nueva. Sé que no hago ningún bien a la
crisis económica, porque se supone, ya
lo habrás oído, que es responsabilidad
mía como consumidor por dejar de comprar.
Pero es que esta vez quiero que me
la arreglen.
me la arreglen
Cuando compré mi licuadora,
en el año 2003, tuve que soportar
muchos comentarios
de este tipo: “La vas a usar
dos días y luego la pondrás a
criar polvo en una estantería”.
Entonces no lo sabía, pero me he dado
cuenta de que las licuadoras suelen
soportar este estigma. Son consideradas
electrodomésticos superfluos, objetos
caprichosos.
Quizá espoleado por ello, o quizá porque
soy hombre de licuadora, la he usado
con relativa periodicidad durante todos
estos años. Y mi licuadora ha funcionado
bien. Ha respondido de una forma
inusual para ser un electrodoméstico
moderno.
Cuando yo era un chaval los electrodomésticos
y los objetos en general, fueran
caprichosos o no, solían llevarse a
reparar cuando se estropeaban. Progresivamente,
fueron sustituidos por una
nueva generación de objetos, esta vez
con fecha de caducidad. Provistos de
una suerte de temporizador interno que
no les dejaba funcionar más allá de los
cinco años, como máximo.
Así las cosas, los técnicos en reparaciones
fueron sustituidos por vendedores
armados con la frase “le va a salir a
usted más a cuenta comprarse uno nuevo”.
Y lo mismo ocurrió con los empleos,
las relaciones afectivas y, en general, con
todo.
Hoy por la mañana he ido a hacerme
un zumo y mi licuadora se ha atascado.
Y resulta que se me ha metido en
la cabeza que no quiero comprarme una
nueva. Sé que no hago ningún bien a la
crisis económica, porque se supone, ya
lo habrás oído, que es responsabilidad
mía como consumidor por dejar de comprar.
Pero es que esta vez quiero que me
la arreglen.
Corrigeme si me equivoco por Berto Romero 19/01/09
Langostinos en el sobaco
Cuando fui testigo de la anécdota
que os voy a contar hoy faltaba
una semana escasa para
Navidad. Ocurrió en la cola de
un supermercado en Madrid.
Un sujeto de aspecto estándar (que no tenía
mala pinta, vaya) sale del establecimiento
entre los gritos de la cajera y otro caballero
uniformado con aspecto de encargado. ¡Eh,
tú! ¡Sí, tú! ¡Que te hemos visto! ¡Ladrón!
¡Ábrete la chaqueta! El sujeto de aspecto estándar,
prácticamente acorralado junto a la
ristra de los carritos, puesto contra las cuerdas
de la humillación pública, con las miradas
de toda la cola clavadas en él, reacciona.
Abre su chaqueta y muestra dos paquetes
de langostinos congelados, uno bajo cada
axila. Y acto seguido exclama: ¿Qué pasa?
Si esto ya lo traía yo de casa.
Probablemente nos encontramos ante
la peor excusa de la historia. ¿O quizá la
mejor? Es tan inconsistente que hasta parece
cierta. ¿Acaso se cometía una injusticia
contra el único afectado de un terrible
mal casi desconocido por la medicina
y bautizado como “síndrome de recalentamiento
axilar”?
Pudiera ser que su galeno, incapaz de
darle alivio a través de la medicina, sólo
hubiera podido darle remedios para aplacar
su terrible escozor. Y le habría recomendado
aplicar frío en la zona afectada.
¿Cómo lo hago, doctor? Le recomiendo
productos ultra-congelados, guisantes o
similar. Y él, sabiéndose enfermo y evitando
escatimar en gastos por tratarse de su
salud, decidió comprar lo más caro.
Mañana comienza oficialmente la presidencia
de Obama. Si en algún momento
debe dar una excusa le aconsejo la siguiente,
presidente: póngase una caja de langostinos
congelados bajo cada axila, ábrase
la americana (en su caso, la primera americana)
y diga “¿qué pasa? Si esto ya lo
traía yo de casa”.
Cuando fui testigo de la anécdota
que os voy a contar hoy faltaba
una semana escasa para
Navidad. Ocurrió en la cola de
un supermercado en Madrid.
Un sujeto de aspecto estándar (que no tenía
mala pinta, vaya) sale del establecimiento
entre los gritos de la cajera y otro caballero
uniformado con aspecto de encargado. ¡Eh,
tú! ¡Sí, tú! ¡Que te hemos visto! ¡Ladrón!
¡Ábrete la chaqueta! El sujeto de aspecto estándar,
prácticamente acorralado junto a la
ristra de los carritos, puesto contra las cuerdas
de la humillación pública, con las miradas
de toda la cola clavadas en él, reacciona.
Abre su chaqueta y muestra dos paquetes
de langostinos congelados, uno bajo cada
axila. Y acto seguido exclama: ¿Qué pasa?
Si esto ya lo traía yo de casa.
Probablemente nos encontramos ante
la peor excusa de la historia. ¿O quizá la
mejor? Es tan inconsistente que hasta parece
cierta. ¿Acaso se cometía una injusticia
contra el único afectado de un terrible
mal casi desconocido por la medicina
y bautizado como “síndrome de recalentamiento
axilar”?
Pudiera ser que su galeno, incapaz de
darle alivio a través de la medicina, sólo
hubiera podido darle remedios para aplacar
su terrible escozor. Y le habría recomendado
aplicar frío en la zona afectada.
¿Cómo lo hago, doctor? Le recomiendo
productos ultra-congelados, guisantes o
similar. Y él, sabiéndose enfermo y evitando
escatimar en gastos por tratarse de su
salud, decidió comprar lo más caro.
Mañana comienza oficialmente la presidencia
de Obama. Si en algún momento
debe dar una excusa le aconsejo la siguiente,
presidente: póngase una caja de langostinos
congelados bajo cada axila, ábrase
la americana (en su caso, la primera americana)
y diga “¿qué pasa? Si esto ya lo
traía yo de casa”.
Corrigeme si me equivoco por Berto Romero 12/01/09
Ser o no ser gay
Leí el jueves pasado en El Mundo
un reportaje de Matthew Perris,
periodista de la BBC, tintinólogo
y activista gay, titulado
“13 razones para sacar a Tintín
del armario”. Y a mí, que me dan picores
cuando se especula públicamente sobre
la sexualidad de cada cual, este devanarse
los sesos sobre la de un personaje de ficción
que apenas tiene rostro definido me
produjo directamente un eczema.
Perris partía de la base del aspecto andrógino
de Tintín y su afición por la compañía
masculina (Haddock, Hernández
y Fernández), así como su nula relación
amorosa o sexual en los cómics con los
personajes femeninos. Más argumentos
que Perris ofrecía sobre la supuesta homosexualidad
del famoso personaje de
Hergé: haber pertenecido a los boy scouts,
haberse relacionado tempranamente con
la religión y la jerarquía eclesiástica e incluso
una remota relación del reportero
con el mundo del espionaje (asegura Perris
que la inteligencia secreta siempre
ha atraído a los homosexuales, alegando
que él mismo solicitó una plaza en el
MI6). Al artículo en cuestión me remito:
El Mundo, jueves 8 de enero.
Todo esto viene a ser más estéril que el
pene de Pinocho. Me hace recordar cuando,
unos meses después de estrenarse la
película Monstruos S.A. leí un comentario,
no recuerdo ahora dónde, que venía a señalar
la fuerte carga homosexual de la película:
se trataba de las aventuras de un gran
oso de peluche que se dedicaba a salir de
un armario acompañado de un gran ojete.
No deja de sorprenderme la extraña obstinación
de algunos miembros de la comunidad
homosexual en el desenmascaramiento
de sus iguales. Llegará un día en
que a nadie le parecerá relevante quién sea
o no sea gay, persona o personaje. Espero
ese día de libertad sexual con esperanza.
Via: Publico
Leí el jueves pasado en El Mundo
un reportaje de Matthew Perris,
periodista de la BBC, tintinólogo
y activista gay, titulado
“13 razones para sacar a Tintín
del armario”. Y a mí, que me dan picores
cuando se especula públicamente sobre
la sexualidad de cada cual, este devanarse
los sesos sobre la de un personaje de ficción
que apenas tiene rostro definido me
produjo directamente un eczema.
Perris partía de la base del aspecto andrógino
de Tintín y su afición por la compañía
masculina (Haddock, Hernández
y Fernández), así como su nula relación
amorosa o sexual en los cómics con los
personajes femeninos. Más argumentos
que Perris ofrecía sobre la supuesta homosexualidad
del famoso personaje de
Hergé: haber pertenecido a los boy scouts,
haberse relacionado tempranamente con
la religión y la jerarquía eclesiástica e incluso
una remota relación del reportero
con el mundo del espionaje (asegura Perris
que la inteligencia secreta siempre
ha atraído a los homosexuales, alegando
que él mismo solicitó una plaza en el
MI6). Al artículo en cuestión me remito:
El Mundo, jueves 8 de enero.
Todo esto viene a ser más estéril que el
pene de Pinocho. Me hace recordar cuando,
unos meses después de estrenarse la
película Monstruos S.A. leí un comentario,
no recuerdo ahora dónde, que venía a señalar
la fuerte carga homosexual de la película:
se trataba de las aventuras de un gran
oso de peluche que se dedicaba a salir de
un armario acompañado de un gran ojete.
No deja de sorprenderme la extraña obstinación
de algunos miembros de la comunidad
homosexual en el desenmascaramiento
de sus iguales. Llegará un día en
que a nadie le parecerá relevante quién sea
o no sea gay, persona o personaje. Espero
ese día de libertad sexual con esperanza.
Via: Publico
Corrigeme si me equivoco por Berto Romero 05/01/09
Sin regalo,
gracias
Había vuelto del videoclub
sin haber alquilado nada,
cuando… Inciso: yo voy a
un videoclub alternativo,
para gafapasteros, en los
que encuentras la obra completa de Dreyer,
Polanski, John Ford y Jim Jarmush. Y
me pasa que la obra completa de estos señores
siempre está disponible, mientras
que la última novedad taquillera siempre
está alquilada. Y esa era precisamente la
que quería ver yo.
Decía: Había vuelto de mi videoclub
cuando sonó el teléfono de casa. Número
desconocido. Miau (onomatopeya de desconfianza).
¿Digame? Buenas tardes. ¿El
señor Romero? Marramiau. Sí, soy yo. Mire,
que le llamamos de la empresa tal, que estamos
realizando una encuesta sobre hábitos
alimentarios con vistas a lanzar al mercado
un libro de recetas de cocina, blablá. Tan
sólo serán dos preguntas. A ver, pregunte.
¿Cree que nos alimentamos de forma sana?
¿Cree que esto nos preocupa? Yo le contesto
pensando que ya ves tú lo que importará lo
que yo crea. Importará lo que es, ¿no?
Señor Romero, marramamiau, para
agradecerle su amabilidad queremos regalarle
un libro de recetas de cocina sana
que… Y aquí comienza a largar un rollo sobre
el libro, que si viene con unas fotos, que
si está de puta madre. Oiga, ¿que lo tengo
que pagar el libro este? No, en absoluto, tan
sólo debe abonar 3 euros de gastos de envío.
Pues no me lo envíe, que no lo quiero.
¿Pero cómo? Si es un regalo. Y piense que
este libro en las librerías se vende a un precio
mayor. Anda los cojones, ¿pues no que
el libro ya estaba hecho antes que la encuesta?
No lo quiero. Buenas tardes. Y cuelgo.
Entonces volví al videoclub y habían devuelto
El caballero Oscuro. Parece que esto
último sea una metáfora de algo, pero
no lo es. Sólo quería cerrar en círculo la columna
para que quedara bonito.
.
gracias
Había vuelto del videoclub
sin haber alquilado nada,
cuando… Inciso: yo voy a
un videoclub alternativo,
para gafapasteros, en los
que encuentras la obra completa de Dreyer,
Polanski, John Ford y Jim Jarmush. Y
me pasa que la obra completa de estos señores
siempre está disponible, mientras
que la última novedad taquillera siempre
está alquilada. Y esa era precisamente la
que quería ver yo.
Decía: Había vuelto de mi videoclub
cuando sonó el teléfono de casa. Número
desconocido. Miau (onomatopeya de desconfianza).
¿Digame? Buenas tardes. ¿El
señor Romero? Marramiau. Sí, soy yo. Mire,
que le llamamos de la empresa tal, que estamos
realizando una encuesta sobre hábitos
alimentarios con vistas a lanzar al mercado
un libro de recetas de cocina, blablá. Tan
sólo serán dos preguntas. A ver, pregunte.
¿Cree que nos alimentamos de forma sana?
¿Cree que esto nos preocupa? Yo le contesto
pensando que ya ves tú lo que importará lo
que yo crea. Importará lo que es, ¿no?
Señor Romero, marramamiau, para
agradecerle su amabilidad queremos regalarle
un libro de recetas de cocina sana
que… Y aquí comienza a largar un rollo sobre
el libro, que si viene con unas fotos, que
si está de puta madre. Oiga, ¿que lo tengo
que pagar el libro este? No, en absoluto, tan
sólo debe abonar 3 euros de gastos de envío.
Pues no me lo envíe, que no lo quiero.
¿Pero cómo? Si es un regalo. Y piense que
este libro en las librerías se vende a un precio
mayor. Anda los cojones, ¿pues no que
el libro ya estaba hecho antes que la encuesta?
No lo quiero. Buenas tardes. Y cuelgo.
Entonces volví al videoclub y habían devuelto
El caballero Oscuro. Parece que esto
último sea una metáfora de algo, pero
no lo es. Sólo quería cerrar en círculo la columna
para que quedara bonito.
.
Corrigeme si me equivoco por Berto Romero 29/12/08
Feliz Navidad 1995
El Destino, El Creador, o acaso
la diosa finlandesa de las telecomunicaciones,
Nokia “la
Conectadora de Gentes”, quiso
que olvidara mi teléfono
móvil en el asiento trasero de un taxi a las
12:40 del 24 de diciembre y no lo recuperara
hasta las 19:00 del 25 de diciembre.
Durante las 30 horas y 20 minutos del año
en que se envía el 80% de los mensajes
de buena voluntad navideños, yo estaba,
inesperada y sorprendidamente, fuera de
esta década.
El más que notable desfase temporal
que me separaba comunicativamente de
mis coetáneos en ese momento me obligó
a actuar con voluntad firme y de forma inmediata
para no perder el contacto con mi
realidad original. Habiéndome visto privado
de mi agenda de contactos en el móvil,
tenía cortados los lazos comunicativos
a partir de la segunda línea afectiva, es decir,
los teléfonos que tu corazón aún no ha
memorizado en tu cerebro. Así que ideé un
hábil uso del teléfono fijo de casa, que en
el domicilio de mis padres aún se conserva
(una excentricidad que usan para comunicarse
con los familiares de su edad).
Informé de mi estado a los teléfonos
móviles clave asegurando a la vez el carácter
transitorio de mi salto temporal, tranquilizando
a mis interlocutores, y señalé
mis movimientos usando un rudimentario
sistema de llamadas perdidas como balizas:
“Una perdida significará: estoy localizable
en este teléfono”.
Había vuelto al año 1995. Un 95 alternativo,
eso sí, ya que, al haber sido erradicadas
también las felicitaciones por correo,
presentaba una Navidad un poco autista,
un tanto distópica. Allí pasé la Nochebuena
y la Navidad con mi familia para volver
a 2008 sano y salvo, y con mis funciones comunicativas
virtuales aún intactas. Consciente
de la aventura que acababa de vivir.
via: Publico
.
El Destino, El Creador, o acaso
la diosa finlandesa de las telecomunicaciones,
Nokia “la
Conectadora de Gentes”, quiso
que olvidara mi teléfono
móvil en el asiento trasero de un taxi a las
12:40 del 24 de diciembre y no lo recuperara
hasta las 19:00 del 25 de diciembre.
Durante las 30 horas y 20 minutos del año
en que se envía el 80% de los mensajes
de buena voluntad navideños, yo estaba,
inesperada y sorprendidamente, fuera de
esta década.
El más que notable desfase temporal
que me separaba comunicativamente de
mis coetáneos en ese momento me obligó
a actuar con voluntad firme y de forma inmediata
para no perder el contacto con mi
realidad original. Habiéndome visto privado
de mi agenda de contactos en el móvil,
tenía cortados los lazos comunicativos
a partir de la segunda línea afectiva, es decir,
los teléfonos que tu corazón aún no ha
memorizado en tu cerebro. Así que ideé un
hábil uso del teléfono fijo de casa, que en
el domicilio de mis padres aún se conserva
(una excentricidad que usan para comunicarse
con los familiares de su edad).
Informé de mi estado a los teléfonos
móviles clave asegurando a la vez el carácter
transitorio de mi salto temporal, tranquilizando
a mis interlocutores, y señalé
mis movimientos usando un rudimentario
sistema de llamadas perdidas como balizas:
“Una perdida significará: estoy localizable
en este teléfono”.
Había vuelto al año 1995. Un 95 alternativo,
eso sí, ya que, al haber sido erradicadas
también las felicitaciones por correo,
presentaba una Navidad un poco autista,
un tanto distópica. Allí pasé la Nochebuena
y la Navidad con mi familia para volver
a 2008 sano y salvo, y con mis funciones comunicativas
virtuales aún intactas. Consciente
de la aventura que acababa de vivir.
via: Publico
.
Corrigeme si me equivoco por Berto Romero 15/12/08
Puente aéreo
Domingo, 22:15. Aeropuerto
de El Prat. Puente aéreo. Se
ha cancelado el vuelo, nos
anuncia la señora de Iberia
a la docena de presuntos pasajeros
que esperamos el último puente aéreo
de las 22:45. Y se ha suspendido porque
(redoble) el piloto está enfermo. Ostras Pedrín,
pensé (a veces pienso viejuno, como
los de la serie Cuéntame). Pues que pongan
a otro, propuso uno del grupo, que parecía
espabilado, sobreponiéndose como pudo a
la preocupación por la salud del piloto. Sí,
claro, replica la señora, a ver de dónde saco
yo un piloto a estas horas. Entonces terció
otro, demostrando también ser un tipo
astuto: pues aquí en el aeropuerto habrá,
¿no? Ahí estuvo bien. Una chica pregunta:
¿y yo qué hago ahora? Respuesta: pues volverse
por donde ha venido.
Y eso hicimos todos porque, al parecer,
tal y como rezaba la letra pequeña de las
condiciones del billete, en esos casos al pasajero
le dan por el bullate, según nos comentó
la señora, en un tono paterno-condescendiente
muy guapo, del rollo “hay
que leer la letra pequeña, nenes, que os
caéis de un guindo”.
A todo esto, yo no decía nada: anotaba
mentalmente los hechos para escribir después
esta ácida columna. Así soy, amigos,
no es cobardía ni pusilanimidad, sino sacrificio
por el bien de la comunidad. No me
lo agradezcan, es mi destino.
Volar es el medio de transporte más seguro.
Si lo consigues. Sentirte como un delincuente
en los controles, siempre bajo
la espada de Damocles de la exploración
rectal, sufrir retrasos y overbooking (vender
más plazas de las que tiene el avión.
A lo mejor resulta que tienes billete y no
vuelas) son sólo tres detalles que confirman
que quizá sí que hay que leer detenidamente
la letra pequeña de los billetes de
avión. A lo mejor pone: que te den.
Domingo, 22:15. Aeropuerto
de El Prat. Puente aéreo. Se
ha cancelado el vuelo, nos
anuncia la señora de Iberia
a la docena de presuntos pasajeros
que esperamos el último puente aéreo
de las 22:45. Y se ha suspendido porque
(redoble) el piloto está enfermo. Ostras Pedrín,
pensé (a veces pienso viejuno, como
los de la serie Cuéntame). Pues que pongan
a otro, propuso uno del grupo, que parecía
espabilado, sobreponiéndose como pudo a
la preocupación por la salud del piloto. Sí,
claro, replica la señora, a ver de dónde saco
yo un piloto a estas horas. Entonces terció
otro, demostrando también ser un tipo
astuto: pues aquí en el aeropuerto habrá,
¿no? Ahí estuvo bien. Una chica pregunta:
¿y yo qué hago ahora? Respuesta: pues volverse
por donde ha venido.
Y eso hicimos todos porque, al parecer,
tal y como rezaba la letra pequeña de las
condiciones del billete, en esos casos al pasajero
le dan por el bullate, según nos comentó
la señora, en un tono paterno-condescendiente
muy guapo, del rollo “hay
que leer la letra pequeña, nenes, que os
caéis de un guindo”.
A todo esto, yo no decía nada: anotaba
mentalmente los hechos para escribir después
esta ácida columna. Así soy, amigos,
no es cobardía ni pusilanimidad, sino sacrificio
por el bien de la comunidad. No me
lo agradezcan, es mi destino.
Volar es el medio de transporte más seguro.
Si lo consigues. Sentirte como un delincuente
en los controles, siempre bajo
la espada de Damocles de la exploración
rectal, sufrir retrasos y overbooking (vender
más plazas de las que tiene el avión.
A lo mejor resulta que tienes billete y no
vuelas) son sólo tres detalles que confirman
que quizá sí que hay que leer detenidamente
la letra pequeña de los billetes de
avión. A lo mejor pone: que te den.
Corrigeme si me equivoco por Berto Romero 08/12/08
Ceporro
Las madres de todo el mundo están
preparándose para ejecutar
el ancestral rito. ¿No las oyes?
Murmurando, conspirando,
trajinando cacerolas. Se acercan
las fiestas de Navidad, pero que no te
engañen. La Navidad cristiana no es más
que la celebración con que dicha religión
llevó a su terreno esa misteriosa y hoy casi
olvidada fiesta pagana llamada el encebamiento.
Se celebraba cada año coincidiendo
con el solsticio de invierno y siempre en
honor a Ceporro, el dios primigenio al que
adoraban las madres en la antigüedad.
Una especie de idealización de la salud del
hijo, representado en algunas pinturas rupestres
como un bebé obeso mórbido de
666 kilos de peso (el número del verraco).
Ellas saben que no te alimentas adecuadamente.
Y, en su mente, “adecuadamente”
quiere decir que tus arterias aún pueden
bombear sangre. Una vez al año, aplican
su correctivo. Van a ir a saco, una Navidad
más, enloquecidamente y sin control,
en este complot pantagruélico de proporciones
planetarias en el que, lo sabes, también
tienen las manos manchadas de colesterol
la industria turronera y polvoronera.
Sí, estoy al corriente, estamos inmersos
en una crisis económica a escala internacional.
Pero no cantes victoria, esto no te
salvará tampoco esta vez. Pues no se trata
de calidad, sino de cantidad. Si no hay
presupuesto para langostinos, engullirás
palitos de cangrejo; si no hay para foie, será
paté de lata barato. Lo que sea, será, pero
a lo bestia.
Piensa en esto dentro de unos días,
mientras regurgites, rumies y te hundas
en una espiral de reflujos. Encomienda entonces
tu alma al único que podrá, si no
salvarte, sí darte algo de sosiego: el reflejo
luminoso de Ceporro, el otro dios mitológico
señor de las sales de frutas: Eno, el
purificador.
Fuente: Publico
Las madres de todo el mundo están
preparándose para ejecutar
el ancestral rito. ¿No las oyes?
Murmurando, conspirando,
trajinando cacerolas. Se acercan
las fiestas de Navidad, pero que no te
engañen. La Navidad cristiana no es más
que la celebración con que dicha religión
llevó a su terreno esa misteriosa y hoy casi
olvidada fiesta pagana llamada el encebamiento.
Se celebraba cada año coincidiendo
con el solsticio de invierno y siempre en
honor a Ceporro, el dios primigenio al que
adoraban las madres en la antigüedad.
Una especie de idealización de la salud del
hijo, representado en algunas pinturas rupestres
como un bebé obeso mórbido de
666 kilos de peso (el número del verraco).
Ellas saben que no te alimentas adecuadamente.
Y, en su mente, “adecuadamente”
quiere decir que tus arterias aún pueden
bombear sangre. Una vez al año, aplican
su correctivo. Van a ir a saco, una Navidad
más, enloquecidamente y sin control,
en este complot pantagruélico de proporciones
planetarias en el que, lo sabes, también
tienen las manos manchadas de colesterol
la industria turronera y polvoronera.
Sí, estoy al corriente, estamos inmersos
en una crisis económica a escala internacional.
Pero no cantes victoria, esto no te
salvará tampoco esta vez. Pues no se trata
de calidad, sino de cantidad. Si no hay
presupuesto para langostinos, engullirás
palitos de cangrejo; si no hay para foie, será
paté de lata barato. Lo que sea, será, pero
a lo bestia.
Piensa en esto dentro de unos días,
mientras regurgites, rumies y te hundas
en una espiral de reflujos. Encomienda entonces
tu alma al único que podrá, si no
salvarte, sí darte algo de sosiego: el reflejo
luminoso de Ceporro, el otro dios mitológico
señor de las sales de frutas: Eno, el
purificador.
Fuente: Publico
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